Propaganda y manipulación de las masas
"La manipulación consciente e inteligente de las opiniones y los hábitos organizados de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente."
Edward Bernays
🔍 ¿No tienes tiempo para leerlo todo? Aquí tienes el resumen de esta página:
- La manipulación de las masas es tan antigua como el poder mismo. De los faraones divinizados a los medios modernos, los métodos han cambiado; la mecánica, jamás. Miedo, culpa, control del saber y monopolio del relato son los pilares intemporales de toda dominación.
- En el siglo XX, la manipulación se convierte en una ciencia. El experimento de Milgram lo demuestra: individuos ordinarios, ni sádicos ni estúpidos, son capaces de obedecer hasta el horror en cuanto una autoridad percibida como legítima se lo ordena.
- Once técnicas modernas funcionan en sinergia. Del miedo como palanca primaria a la infantilización, pasando por la saturación cognitiva y la descalificación por la etiqueta, nunca es una técnica aislada la que atrapa, sino su entrelazamiento permanente.
- La infantilización es la más peligrosa de todas. No solo roba la libertad de actuar, sino que destruye la capacidad de comprender que se tiene una. Es la técnica madre que vuelve invisibles a todas las demás.
✨ El totalitarismo no comienza con la brutalidad. Comienza el día en que el control se vuelve normal, y nadie se sorprende ya de ello.
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El poder nace en las creencias
El sol aplasta la piedra blanca. El calor sube del suelo como una bruma invisible y la multitud se ha reunido desde el amanecer. Nadie habla realmente. Se espera.
Luego un movimiento recorre los cuerpos, casi imperceptible al principio. Las miradas se elevan todas en la misma dirección. Allá arriba, entre dos columnas monumentales, aparece una silueta. Oro, tejidos, luz. Nadie duda de lo que se supone que es. No un jefe, no un rey. Un dios viviente.
A nuestro alrededor, algunos ya se arrodillan. Otros imitan, sin pensar. El gesto circula más rápido que una orden. No es una decisión personal, es un reflejo colectivo. En ese instante preciso, desobedecer ni siquiera es una opción que exista en la mente. Probablemente habríamos hecho lo mismo.
No porque la gente fuera ingenua. No porque fueran estúpidos. Sino porque todo —la arquitectura, los relatos, los sacerdotes, los símbolos, la propia multitud— construía una certeza: cuestionar era impensable.
La manipulación de las masas no nació con la televisión, ni con Internet, ni siquiera con la política moderna. Comienza el día en que se descubre que es posible orientar a un grupo humano sin darle una orden directa. El día en que se comprende que una creencia compartida puede volverse más fuerte que la realidad.
Desde entonces, solo han cambiado los métodos.
En los orígenes de la manipulación de las masas
La manipulación de las masas no es un fenómeno limitado a la Edad Media ni a la época moderna. Desde la Antigüedad, los poderes religiosos y políticos han utilizado estrategias para afianzar su autoridad. En el Egipto antiguo, los faraones eran presentados como dioses vivientes para que cualquier cuestionamiento resultara sacrílego. En Roma, los emperadores organizaban espectáculos y diversiones para canalizar a la población y desviar la atención de las tensiones sociales y de las hambrunas.
En la época de Jesús, las autoridades religiosas explotaron el miedo para dirigir las acusaciones contra él. Estos mecanismos, aún rudimentarios, ya sentaban las bases de las manipulaciones modernas: utilizar el miedo al desorden para eliminar a quien pronuncia una palabra de verdad. En la Edad Media, estas prácticas se perfeccionan y se instalan duraderamente a través del uso de la religión como palanca de terror absoluto.
El miedo en el corazón de la manipulación de las masas
En la Edad Media, la manipulación no era una sugerencia: era una violencia de cada instante. El Diablo ocupaba un lugar central en las mentes: no era un concepto, sino una amenaza física. Las autoridades eclesiásticas utilizaban las epidemias y las catástrofes naturales como pruebas de la cólera divina, manteniendo al pueblo en un estado de sumisión por el terror.
La cima de esta abyección humana se encuentra en las cazas de brujas. Esas mujeres eran a menudo sanadoras, las únicas capaces de curar con las plantas. La perversión del sistema llegaba al extremo de empujar a los aldeanos —los mismos que acudían en secreto por la noche para recibir tratamiento— a convertirse en denunciantes al día siguiente. Por celos, por miedo o para obtener los favores de los inquisidores, lanzaban las primeras piedras. Se quemaba el conocimiento y la benevolencia en la hoguera bajo las aclamaciones de una multitud manipulada. Esa capacidad del ser humano de traicionar a su hermano o a su hermana para complacer a la autoridad es el cimiento sobre el cual reposa aún hoy todo sistema autoritario.
La fabricación del consentimiento colectivo
La manipulación de las masas reposa sobre pilares indestructibles si no se los identifica.
Primero, la activación del miedo: cuando una autoridad agita una amenaza, cortocircuita el discernimiento para imponer sus soluciones. Luego, el monopolio del relato: cuando una autoridad detenta la única interpretación del mundo, moldea la realidad. Viene después la culpabilidad: si la desgracia es la consecuencia de una falta, cada quien se convierte en su propio policía. Ya no se obedece solo por temor a una sanción, sino por miedo a estar moralmente «en falta» frente a la comunidad. Finalmente, el control del saber cierra el conjunto. Ayer, era la prohibición de leer la Biblia fuera del clero; hoy, es la descalificación de toda información que no provenga de los canales oficiales.
Así se construye el consentimiento colectivo: por la estructuración de las creencias, la activación del miedo, la interiorización de la culpabilidad y la concentración del saber.
El nacimiento de la propaganda moderna
Durante siglos, la manipulación de las masas se apoyaba sobre todo en la creencia y el miedo. Permanecía local, ligada a una comunidad, a una religión, a un territorio. Con la era industrial, la manipulación cambia de escala.
Para enviar a millones de hombres a morir en las trincheras en 1914, la coacción ya no basta: hace falta la adhesión. La propaganda se convierte en una estrategia de Estado.
Carteles, periódicos, discursos oficiales, imágenes repetidas incansablemente: la información ya no solo se transmite, se construye.
La repetición incansable de imágenes y consignas transforma la mentira en una verdad compartida por todos. Es aquí donde la manipulación deja de ser intuitiva para convertirse en una técnica científica de gestión de multitudes.
Ya no se busca describir la realidad sino producir una percepción común. El enemigo debe aparecer peligroso, inhumano, amenazante. Cuanto más miedo da, más necesaria parece la guerra.
La repetición se convierte en un arma. Una idea escuchada en todas partes termina pareciendo una evidencia. Importa poco que esté verificada: lo que cuenta es que sea compartida. A partir de ahí, el miedo ya no solo se explota. Se organiza.
La sociedad entra en una nueva era: aquella donde la opinión pública puede ser orientada a gran escala. El método existe desde entonces. Solo queda aplicarlo en tiempos de paz.
La manipulación se vuelve científica
Con el siglo XX se produce un nuevo giro. La manipulación de las masas ya no reposa únicamente sobre la intuición de los dirigentes o sobre la autoridad religiosa; se convierte en una ciencia exacta. Se apoya en la psicología, la sociología y el estudio del comportamiento para comprender cómo los individuos renuncian a su propio juicio cuando forman parte de un grupo. Ya no se busca solo imponer una idea, sino comprender los mecanismos de la obediencia y del conformismo que empujan a un hombre a negar lo que ve para alinearse con lo que la mayoría parece creer.
Se descubre entonces que no es necesario convencer a la razón con argumentos lógicos. Basta con saturar los sentidos mediante la repetición y activar la necesidad visceral de pertenencia. El ser humano teme la exclusión social más que la mentira; prefiere cegarse voluntariamente antes que arriesgarse a ser marginado. La manipulación se vuelve entonces invisible, casi suave. Entra en los hogares a través de la radio, luego la televisión, creando una normalidad artificial, una especie de ruido de fondo permanente que nadie piensa ya en cuestionar. Al modificar gradualmente el marco de lo que se considera “aceptable” o “normal”, se conduce a toda una población a aceptar transformaciones profundas sin que llegue a sentir la menor coacción física.
Cuando la autoridad neutraliza el discernimiento
En los años 1960, el psicólogo Stanley Milgram lleva a cabo un experimento que se volvería célebre. Quiere comprender hasta dónde es capaz de llegar un individuo ordinario cuando una autoridad legítima le pide obedecer.
El protocolo es simple: los participantes creen administrar descargas eléctricas a otra persona cada vez que esta da una mala respuesta. En realidad, las descargas son ficticias. Pero los participantes lo ignoran. Frente a ellos, un científico con bata blanca les pide continuar, incluso cuando la persona detrás del vidrio parece sufrir y suplicar que se detenga.
El resultado es inquietante. Una mayoría de los participantes acepta llegar hasta niveles de descarga que creen potencialmente mortales, simplemente porque una autoridad les afirma que el experimento debe continuar.
No son ni sádicos ni estúpidos. Son individuos ordinarios.
El experimento revela algo esencial: cuando la autoridad parece legítima, el sentido moral puede ser puesto entre paréntesis. La responsabilidad se transfiere. Ya no se actúa «en nombre propio»; se actúa «por deber».
Este mecanismo ilumina toda la historia que acabamos de recorrer. Ya se trate de un faraón divinizado, de un poder religioso medieval o de un Estado moderno, la autoridad percibida como superior puede desactivar el discernimiento individual.
Y cuando la autoridad se apoya además en el miedo, la culpabilidad y la presión del grupo, la obediencia se vuelve casi automática.
La era de los medios y del condicionamiento invisible
Con la llegada de la radio, la televisión y, más tarde, los canales de noticias las 24 horas, la manipulación de las masas adquiere una dimensión radicalmente distinta. Ya no necesita el boato de los grandes carteles de guerra ni de los discursos solemnes para imponerse. Penetra la intimidad de los hogares, se instala en lo cotidiano y adopta un rostro familiar, casi amistoso. El mensaje ya no es un acontecimiento excepcional al que uno pueda prepararse; se convierte en una atmósfera permanente, un ruido de fondo que termina saturando el espacio mental.
Cuando la misma información, acompañada de las mismas palabras y las mismas emociones, es difundida simultáneamente a millones de personas, adquiere una fuerza de autoridad absoluta. Parece incontestable no por la veracidad de los hechos, sino por su simple omnipresencia. Es aquí donde la propaganda moderna realiza su golpe maestro: apuesta por la familiaridad, pues lo familiar tranquiliza, y lo que tranquiliza ya no se cuestiona. A fuerza de repetición, la mentira termina convirtiéndose en una evidencia indiscutible, pues la mente humana termina confundiendo la frecuencia de una información con su credibilidad.
Pero esta manipulación es aún más sutil: actúa por la selección y la omisión. No se manipula solo mediante la mentira directa, sino eligiendo lo que merece ser sacado a la luz. Lo que se muestra se convierte en la única realidad existente, mientras que lo que se silencia desaparece pura y simplemente de la conciencia colectiva. El debate queda así encuadrado en límites estrechos; se te autoriza a discutir, pero solo dentro del marco definido por quienes controlan la imagen. Ciertas cuestiones fundamentales se vuelven entonces impensables, pues simplemente ya no tienen lugar en el campo visual. Poco a poco, la manipulación se convierte en la forma misma de la normalidad. Y cuando la normalidad está así orientada, la mayoría termina habitando una prisión sin barrotes, adhiriéndose sin saberlo a un marco construido de principio a fin para servir intereses que no son los suyos.
Las técnicas modernas de manipulación de las masas
La manipulación de las masas contemporánea ya no se parece a los desfiles ruidosos ni a los eslóganes groseros del siglo pasado. Se ha convertido en un arte de la síntesis, una ingeniería invisible que nunca reposa sobre un solo mecanismo, sino sobre una combinación sabia de palancas psicológicas. Su fuerza reside en su capacidad de adaptarse en tiempo real, fusionando la tecnología, la psicología conductual y el bombardeo mediático para crear una red en la que la mente termina enredándose.
El verdadero peligro no viene de una técnica aislada, sino de su entrelazamiento sistemático. Se utiliza el miedo para romper tus resistencias, luego la culpabilización para impedirte retroceder, todo envuelto en una normalización progresiva que te hace aceptar lo inaceptable poco a poco. Esta mezcla constante crea un estado de confusión tal que el individuo termina perdiendo sus propios puntos de referencia. Ya no se sabe si se obedece por convicción, por temor o por simple fatiga mental. Al sembrar confusión y mezclar los relatos, el sistema vuelve la realidad inasible. El objetivo no es solo hacerte creer en una mentira, sino agotarte hasta el punto de que la búsqueda de la verdad se convierta en un esfuerzo demasiado difícil de sostener. Para quien no conoce estos engranajes, la manipulación no se parece a un ataque, se parece a la realidad.
Al analizar estas técnicas una por una, comenzamos a ver los hilos de la marioneta y finalmente podemos elegir liberarnos.
El miedo como palanca primaria
El miedo como palanca primaria
Es la herramienta más rápida para cortocircuitar la inteligencia. Cuando se agita de forma incesante una amenaza, ya sea el espectro de una Tercera Guerra Mundial que se nos pone ante las narices, las catástrofes climáticas presentadas como inminentes o la sombra de una nueva pandemia que se blande a la menor ocasión, el cerebro cambia instantáneamente a modo supervivencia. En ese estado de estrés violento, la corteza prefrontal, sede del discernimiento y de la sabiduría, cede terreno ante la amígdala. Una población aterrorizada ya no pide pruebas, reclama protecciones. El miedo paraliza la reflexión y empuja a la masa a aceptar soluciones que habría rechazado con desprecio en tiempos normales, viendo en la autoridad a su único salvador.
La culpabilización moral
La culpabilización moral
Esta palanca transforma la regla social en una obligación interior devoradora. La manipulación consiste en volver al ciudadano responsable de desastres orquestados por otros. Se nos culpabiliza por la contaminación plástica mientras la industria impuso lo desechable suprimiendo el vidrio retornable sin nuestro consentimiento. Se nos grava en nombre del calentamiento climático, acusándonos de contaminar con nuestros coches mientras los verdaderos responsables se eximen de toda restricción. Esta técnica de adiestramiento por la vergüenza es ancestral: en la Edad Media, se decía que las catástrofes eran el castigo por los pecados del pueblo. Haciéndonos culpables de los males de la tierra, se nos mantiene en una sumisión moral que nos impide señalar a los verdaderos arquitectos de estas crisis.
El control y la selección de la información
El control y la selección de la información
Manipular no consiste siempre en inventar mentiras, sino en filtrar la realidad. Al elegir los hechos que se ponen en el centro de atención y ocultar sistemáticamente aquellos que contradicen el relato oficial, se crea una falsa sensación de certeza. Se satura el espacio con “expertos” seleccionados para validar la narración, mientras los análisis disidentes son reducidos al silencio. Esto quedó claramente demostrado cuando la Unión Europea sometió a Jacques Baud a una forma de muerte social y financiera por haber aportado un análisis fáctico e histórico sobre la guerra en Ucrania que no se ajustaba al relato mediático dominante. Este mecanismo transforma la información en un pasillo de espejos donde todo dato que permita comprender lo que ocurre entre bastidores es cuidadosamente apartado.
La descalificación por la etiqueta: la muerte social
La descalificación por la etiqueta: la muerte social
La palabra «conspiranoico» se ha convertido en el nuevo «hereje» del siglo XXI. Es un término infamante al que se añaden hoy otras etiquetas como «extrema derecha» o «extrema izquierda», utilizadas para marcar a fuego a quien plantea preguntas incómodas. Este procedimiento permite evitar responder a los argumentos desplazando el debate hacia la moralidad o la respetabilidad de la persona. La manipulación utiliza entonces los medios para intentar destruir la credibilidad de figuras públicas mediante el descrédito. Lo vimos con el Profesor Luc Montagnier, premio Nobel de medicina, a quien se intentó hacer pasar por un anciano senil para sofocar sus alertas, o con el Profesor Perronne, contra quien se llevó a cabo una campaña encarnizada antes de que sus pares lo absolvieran finalmente; la Cámara Disciplinaria del Colegio de Médicos reconoció incluso que tenía el deber de expresarse. Este terrorismo intelectual envía un mensaje claro: quien salga del rebaño deberá sufrir un acoso mediático y profesional sin precedentes para ser reducido al silencio.
La falsa pericia y la intimidación intelectual
La falsa pericia y la intimidación intelectual
El poder se apoya en platós televisivos saturados de «especialistas» con títulos rimbombantes para paralizar cualquier intento de crítica. Al recurrir a una jerga técnica o médica compleja, se impide que el sentido común ciudadano se exprese: el mensaje es claro, si no hablas su lengua, no tienes derecho a tener una opinión. Esta intimidación apunta a hacer dudar al individuo de su propia inteligencia, empujándolo a delegar su poder de decisión en «autoridades competentes». Lo vimos masivamente durante las crisis recientes donde modelos matemáticos catastrofistas, presentados como verdades indiscutibles, servían de pantalla para decisiones políticas arbitrarias, impidiendo todo debate de fondo con el pretexto del «rigor científico».
La normalización progresiva
La normalización progresiva
Un cambio brutal provocaría una revuelta inmediata. La manipulación moderna procede pues por etapas ínfimas: se introduce una restricción como «temporal» o «excepcional» para responder a una urgencia. Una vez aceptada, se convierte en el cimiento sobre el cual se apoya la medida siguiente. Lo que era impensable ayer se vuelve discutible hoy, aceptable mañana y ordinario pasado mañana. En Suiza, la Ley Covid es la ilustración perfecta: al someter a votación disposiciones que restringían las libertades una vez pasada la crisis, cuando la población estaba agotada y acostumbrada a las restricciones, se perpetuó un marco de control sin que nadie reaccionara. La temperatura sube tan lentamente que la rana no se da cuenta de que está cocida hasta que es demasiado tarde para saltar.
La falsa alternativa
La falsa alternativa
Esta técnica consiste en encerrar el debate en una elección binaria entre dos opciones presentadas como las únicas posibles, ocultando sistemáticamente todas las demás soluciones. El público tiene la impresión de ejercer su libre albedrío mientras el marco de la elección ha sido rigurosamente predefinido por la autoridad.
Lo vimos, durante la crisis del Covid, a través del chantaje permanente: «El confinamiento o la hecatombe». Borrando voluntariamente las alternativas, como los tratamientos precoces o el refuerzo específico de los servicios sanitarios, se fuerza a la población a elegir el mal menor. Es una trampa intelectual que transforma al ciudadano en rehén de un dilema amañado.
La saturación cognitiva
La saturación cognitiva
Un flujo constante de informaciones, a menudo contradictorias e intercaladas con contenidos fútiles, termina provocando un agotamiento mental profundo. A fuerza de confusión, el cerebro pierde su capacidad de análisis crítico y termina aceptando cualquier relato simplista para recuperar una apariencia de calma. Es lo que vivimos diariamente en las redes sociales: un bombardeo incesante de notificaciones, de vídeos «tontos» y de alertas ansiógenas que se superponen. Este caos organizado satura la atención, impide toda reflexión de fondo y empuja al individuo a la apatía. Ya no se sabe qué pensar, entonces se termina por no pensar en absoluto, dejando el campo libre a quienes dirigen el relato.
La presión social y la necesidad de pertenencia
La presión social y la necesidad de pertenencia
El ser humano teme por encima de todo ser excluido de su «tribu». Se utiliza esta necesidad fundamental para forzar el conformismo, mucho más allá de las cuestiones sanitarias. Cuando la mayoría parece adoptar una posición, apartarse de ella se vuelve socialmente costoso: se arriesga la burla, el juicio o el aislamiento. Es este mecanismo el que observamos con el uso de la mascarilla al aire libre, donde muchos la mantuvieron por simple miedo a la mirada de los demás, incluso cuando no tenía ningún sentido lógico. Al convertir al ciudadano en vigilante de su vecino, el poder se apoya en la presión del grupo para obtener una sumisión que la ley por sí sola no bastaría para imponer.
La victimización como palanca de manipulación
La victimización como palanca de manipulación
Ser víctima de un acontecimiento real es una realidad. La manipulación interviene cuando se alienta a un individuo o a un grupo a identificarse de manera duradera con esa posición. A escala individual, una persona que ha sufrido un trauma puede quedar atrapada en un relato de impotencia permanente. A escala colectiva, se utiliza el recuerdo de las guerras pasadas o de las opresiones históricas para definir a un pueblo únicamente por su herida. Se ve especialmente cuando el recuerdo de conflictos como la guerra de Argelia o las tensiones en Oriente Próximo es reavivado constantemente por los políticos para dividir la sociedad o justificar injerencias. Encerrando a las poblaciones en el resentimiento o el trauma de sus ancestros, se les impide construirse un futuro soberano. Cuanto más se construye la identidad alrededor de la herida, más se reduce el poder personal o colectivo. Si todo es sufrido, nada puede ser transformado. La victimización se convierte entonces en una palanca temible, pues instala una dependencia de una autoridad supuestamente encargada de proteger, reparar o decidir.
La infantilización y la autoridad paternalista
La infantilización y la autoridad paternalista
La infantilización no se limita a simplificar el discurso: es un proyecto de desresponsabilización que dura desde hace años y no deja de agravarse. Consiste en adoptar una posición de autoridad que trata a la población como si fuera una masa de personas mentalmente deficientes, incapaces del menor pensamiento autónomo. La vimos alcanzar cimas de absurdo con la obligación de firmar uno mismo permisos de salida o con la proliferación, en el espacio público, de carteles de advertencia para las situaciones más risibles, como avisar de la presencia de agua de riego en una carretera rural.
Este mecanismo de “adiestramiento” permanente pretende que el individuo renuncie a observar la realidad por sí mismo para someterse a la consigna. El resultado hoy es dramático: una gran parte de la población ha perdido su capacidad de discernimiento. Las personas ya no logran distinguir lo verdadero de la mentira, incluso frente a horrores absolutos como el caso Epstein, pues su capacidad de indignación y de reflexión ha sido anestesiada por décadas de tutela. Esa pasividad muestra que la infantilización ha logrado su objetivo: transformar al ciudadano en un sujeto pasivo que ya no sabe pensar por sí mismo, dejando el campo libre a las élites para actuar sin resistencia alguna.
Es en este sentido que la infantilización es la más peligrosa de todas las técnicas de manipulación: no solo roba la libertad de actuar, sino que destruye la capacidad de comprender que se tiene una. Cuando el miedo aún puede provocar la cólera, cuando la culpabilidad aún puede despertar la conciencia, la infantilización, por su parte, anestesia hasta el reflejo de rebelarse. Es la técnica madre, la que hace posibles e indetectables a todas las demás.
El deslizamiento hacia un sistema autoritario
Cuando estos mecanismos se combinan —miedo permanente, culpabilización, victimización sostenida, infantilización autoritaria y control de la información—, no crean de inmediato un régimen totalitario. Pero preparan el terreno.
Una sociedad no se desploma en un día. Se acostumbra. Las restricciones se presentan primero como temporales. Las medidas de control se justifican en nombre de la protección. Los dispositivos de vigilancia aparecen razonables en un contexto de urgencia. Cada etapa parece aislada, justificada, proporcionada. Es la acumulación la que cambia la naturaleza del sistema.
Cuanto más progresa la infantilización, más acepta la población que se decida en su lugar. Cuanto más se mantiene el miedo, más aumenta la demanda de protección. Cuanto más se activa la culpabilidad, más moralmente sospechosa se vuelve la disidencia. Cuanto más se encuadra la información, más se estrecha el campo del debate.
El totalitarismo no comienza con la brutalidad. Comienza cuando el control se vuelve normal, cuando la vigilancia parece lógica, cuando la reducción de libertad es percibida como necesaria.
Y es precisamente porque este deslizamiento es progresivo que es difícil de percibir en tiempo real. Algunos resisten, otros se adaptan, muchos se acostumbran. La historia muestra que rara vez son las rupturas súbitas las que transforman una sociedad, sino los deslizamientos sucesivos aceptados en nombre del bien común.
Romper la hipnosis
El diagnóstico es claro, pero esta situación no es inevitable. Comprender los hilos de la manipulación es el primer paso para no ser ya una marioneta. La soberanía no se negocia con quienes buscan arrebatárnosla: se recupera, aquí y ahora, en nuestras mentes y en nuestros actos.
Ha llegado el momento de pasar del diagnóstico a la liberación. No permanezcamos solos frente a esta maquinaria. Existen claves concretas para reactivar nuestro discernimiento, dejar de esperar a un salvador y retomar las riendas de nuestra existencia.
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Fuentes y referencias de la página (haz clic para desplegar)
- Propaganda – Cómo manipular… – Edward L. Bernays
- Experimento de Milgram – Academia de Normandía
- Cómo Jacques Baud sufre la muerte social impuesta por la UE, por Thibault de Varenne
- El Profesor Perronne absuelto por la Cámara Disciplinaria de Île-de-France del colegio de médicos
- Luc Montagnier